Más Allá de la Ropa: Así Empezó Todo
Bienvenidos a este rincón personal, a este espacio que hoy inauguro con un nudo en el estómago y una enorme sensación de liberación. Si has llegado hasta aquí, probablemente sea porque, como yo, te has hecho preguntas, has sentido una curiosidad que no siempre tiene nombre o simplemente buscas entender una parte de ti que la sociedad no siempre te enseña a nombrar.
Este blog es mi intento de dar voz a esa parte de mí. Soy un hombre y me fascina la experiencia de vestir ropa femenina. No es un disfraz, no es una broma. Es una exploración, una forma de expresión y, para mí, una fuente de autoconocimiento y alegría. Y como toda gran historia, la mía comenzó con pequeños detalles, con momentos que, en su día, parecían anécdotas sin conexión.
El primer recuerdo es casi un cliché, pero no por ello menos real. Es el sonido. El eco inconfundible de los tacones de mi madre resonando en el pasillo de casa. Recuerdo la tentación irresistible de ponérmelos, de sentir cómo cambiaba mi altura, mi postura y hasta la forma en que el mundo me escuchaba llegar. Caminar con ellos, con el equilibrio torpe de un niño, era un juego, una exploración inocente. No había juicio, solo la pura curiosidad de sentir lo que sentía ella.
Esa misma curiosidad infantil me llevó a observar detalles del mundo femenino que me rodeaba con una atención particular. Recuerdo, con una claridad sorprendente, ver a una mujer ponerse una toalla higiénica y preguntarme: ¿qué se sentirá? No era algo sexual ni perverso; era la misma intriga que me llevaban a ponerme los tacones. Un deseo genuino por experimentar sensaciones que, por mi género, me estaban vedadas. Esa curiosidad en particular quedó en pausa durante años, esperando el momento adecuado para ser satisfecha, algo que no ocurriría hasta mis días de universidad.
El siguiente capítulo de esta historia se escribió entre las paredes de un colegio masculino. En un entorno donde los roles estaban tan rígidamente definidos, el teatro se convirtió, irónicamente, en mi primer espacio seguro para la experimentación. Cuando había que interpretar un papel femenino, yo no solo no lo evitaba, sino que me ofrecía con entusiasmo.
Me vestían con pelucas, vestidos prestados y, por supuesto, tacones que, para sorpresa de muchos y para la mía propia, no me incomodaban en lo más mínimo. Al contrario. Sentía una extraña sensación de "normalidad", de comodidad. En ese momento, no lo llamaba travestismo. Eran simplemente "cosas del teatro". Sin embargo, recuerdo perfectamente una vez que, terminada la función, decidí no quitarme el maquillaje. Mi argumento fue práctico y lógico: "Mejor me lo quito en casa, con más tiempo y los utensilios adecuados". Pero la verdad era otra. La verdad es que una parte de mí no quería que ese momento terminara. Quería prolongar la sensación, llevarme un pedazo de esa otra identidad conmigo, aunque solo fuera por el trayecto a casa.
Mirando hacia atrás, es fácil conectar los puntos. El niño que jugaba con tacones, el adolescente que se sentía cómodo en un vestido sobre el escenario y el joven que finalmente, en la universidad, satisfizo aquella vieja curiosidad sobre la toalla higiénica. No fueron eventos aislados, sino los primeros susurros de una parte fundamental de quién soy.
Este es solo el comienzo de mi historia, los cimientos sobre los que se ha construido un largo camino de descubrimiento. Un camino que quiero compartir aquí, sin filtros y con honestidad.
Gracias por estar aquí, por leer y por acompañarme en el primer paso de este viaje.
Nos vemos en la próxima entrada.

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